La vida depréndete pasu ente pasu, que l’alcordanza d’una fecha y d’unos fechos asocedíos va tiempu finen por convertise namái que nun garrapiellu sentimientos. Yo nun m’alcuerdo mui bien de si aquel últimu día d’agostu de 2003 facía sol o llovía, si xinté fabes o llenteyes o si tenía l'estómadu encoyíu porque al día siguiente entamaba, por primer vegada na mio vida, a trabayar de mayestru. Pasara un branu d’estudios y nervios poles oposiciones y de plegaries y súpliques por unes negociaciones ente mercenarios y mercaderes qu’al final nun foren bones y lleváronnos al borde’l desanicie y la muerte.
Na mio mente aquel día caberu del mes por escelencia del branu ye un día que se me representa de color gris, anque con un rellumín final pente les ñubes. Un día de ñublina y d’un orbayu seliquín que me funde l’ánimu cola so murnia canción. Represéntaseme muncho esta alcordanza a un día d’entierru, a un día triste nel que te despides d’un ser queríu. Les metáfores convertíense en realidaes: El ser queríu tornaba a la tierra, a los bardiales y llamuergues d’onde naciera facía setenta y siete años. Podía dicise, en términos d’esistencia, que viviera bastante y que como too nesta vida tenía de morrer.
Yeren tiempos difíciles, tiempos de sanciones y multes deportives. Tiempos de falta sofitu por parte d’entidaes públiques o privaes. Tiempos de suplantar y robar un escudu, un nome: una ilusión. Tiempos que yo guardo mui vivos na mio mente y que por embargu nun paro d’intentar escaecer.
La llegada al campu convertióse nun cortexu de pies arrastraos y miraes gaches; de plegaries nun sentíes y d’esperances rotes, de marmullos afogaos pola resignación de los corderos que van al mataderu col rellumar del aceru como final últimu y ensin remediu.
Naide nun s’apuraba nesti día por entrar al campu. Nun había carreres, nin coles nes puertes o les taquielles. Dalgunes bufandes y banderes caminaben seliquines faza les sos puertes d’entrada, lluciendo un arguyosu emblema de resistencia, negando una realidá que paecía más que palpable.
Aporté al campu solu y tristón cola pena pol abandonu de munchos amigos que yá nun quixeron siguir, pero cola ilusión d’un nuevu carné nel bolsu y la intención de que si aquel día significaba l’entierru d’un sentimientu tendríen d’enterrame con él morriendo coles botes puestes.
Al entrar al campu nun sabía nin pa ónde dir a sentame. De lloñe vi a Nacho; estudiara conmigo'l cursu d’asturianu facía poco y agarréme a él cuál clavu qu’ambura. Nos duelos siempres ta bien tener un hombru sobro’l que llorar les penes. Presentóme a Fran, a Pepelu, a José Antonio y a Manuel y los seis en silenciu empobinamos faza la grada. Los nuesos pasos retumbaben nun cementu con aires cansaos que falaba de tiempos meyores y d’ilusiones pasaes. Sentámonos na tribuna la Ería, porque por primer vegada podíes sentate onde te petara. Naide nun faló, pero tampoco facíen falta les pallabres.
¡Qué tristura ver el campu cuasi vacíu y tan silenciosu! Non solo l’equipu y l’afición cayeren a los bardiales. Tamién el campu, con tol so pesu, descendiera a los infiernos y asemeyaba namái qu’un triste cementeriu.
A les siete entamó’l partíu y les sensaciones siguíen murnies. Ver aquelles camisetes de gloriosu color azul con nomes y númberos desconocíos, qu'adulces diríemos deprendiendo, facíen que’l gargüelu s’anudare ya impidíen que los cancios y ánimos al equipu salieren, quedando talamente afogaos. De sópitu la xente albidró qu’aquello nun yera un suañu, sinón que yera real. Los symmachiarii entamaron a cantar : "Recorremos quilómetros, sorteamos obstáculos, sólo por ti, Real Oviedo".
La xente fizo suya aquella fras y el "nun abandoné al Uviéu en tercera" posterior. Tendríemos de sortiar munches torgues, pero ehí tábemos. Foi entós, cuasi a les ocho menos vente d’aquella tarde gris cuando Killy metió la puntera pa echar el balón al fondu la rede’l Mosconia. La xente saltó y glayó: ¡GOOOOL!, les gargantes al unísonu desficieron el nudu que les atiñazaba y anque’l partíu nun dio pa muncho animóse más que nunca.
Con aquel gol xurdió un sentimientu, d’esos de los que falaba al entamu y que yo guardo na memoria. Con él xurdió tamién una rayadina de sol pente les ñubes. Al colar del Tartiere aquella tarde los pocos qu’ellí tábemos sentímonos, más que nunca, partícipes d’aquella victoria. Nun olvidaré enxamás qu’al marchar, aínda nun sé mui bien d’ónde llegó la voz o quiciabes lo suañé, pero dalguién dixo, espresando un pensamientu popular: "Esti muertu ta mui vivu".
Lo recuerdo como si fuera ayer. Lo recuerdo por las lágrimas de Diego Cervero y por este otro detalle que tampoco se me olvida. Fue con el 2-2 que me percaté de su presencia, en pleno júbilo por el gol del empate que todavía dejaba margen a la esperanza.
No debía de tener más de quince años y ahora me pesa un poco, pero quién estaba para pensar entonces. Estaba sentada delante de mí, en pleno anillo azul, la zona más próxima al terreno de juego donde sonase la hora de la verdad, la de la desolación postrera. Seguramente ni le gustaba el fútbol y había acudido al partido con alguna invitación, más por curiosidad que por otra cosa, con una promesa de interminable macrofiesta, rota luego por la adversidad. Dos velocísimos contragolpes rivales habían acabado en gol y junto con el 1-0 de la ida habían puesto cuesta arriba del todo la eliminatoria decisiva, la del ascenso.
Pero los 22.000 espectadores del Carlos Tartiere que habían ido batiendo todos los registros nacionales de asistencia para la categoría no se arredraron y tiraron del equipo hacia la segunda igualada del marcador. El nuevo empuje se proyectó en la cancha, los jugadores azules metieron la directa acosando a los rivales y el gol del 3-2 lo puso a tiro. Aunque ya quedaba poco tiempo, el sueño era alcanzable todavía.
Con una satisfacción tibia y despreocupada, la guajina empezó a comentar con alguien de los asientos de alrededor que ya estaba todo empatado. Perder de uno en la ida, ganar de otro en la vuelta, esa fue su cuenta. Ojalá, pero no. Faltaba otro, uno más. Tomado por la tensión, estiré el cuello hacia su asiento para aclararle contra el bullicio que el empate en la eliminatoria no era ya posible por el doble valor de los goles marcados fuera de casa y que aún necesitábamos un gol más para cantar victoria y tener nuestra fiesta, la fiesta que le habrían prometido.
Se lo expliqué lo mejor que pude, entrecortada la voz por la emoción, entre el rugido expectante de la grada, recalcándole más con mi propia pasión que con palabras articuladas la importancia vital de aquel ascenso. Creo que tuvo consciencia -más instintiva que razonada- de estar viviendo un momento histórico y eso operó su transformación. De mera adolescente curiosa a pura energía azul en formato savia nueva.
Se puso a animar como el resto, a tratar de meter también ella el gol con su aliento, uno más sumado a los miles que la rodeaban, con el sentimiento ambiental sintonizado bien adentro, las pulsaciones multiplicadas por 22.000, las 22.000 almas estremecidas de gargantas forzadas que hacían vibrar el estadio hasta asemejarlo a un ser vivo, animado por el latir de tantos corazones en uno.
Pero ahí se quedó todo, en la orilla. Dejándonos sin nada a los oviedistas. Al final aquella pírrica victoria y el apoyo monumental del Tartiere no habían sido suficientes. En medio de la desolación, la perdí de vista sin saberlo. Pero me pareció que volvería y una sensación agridulce acompañó el presentimiento, pues me sentí de algún modo responsable, sentí que le podía haber contagiado mi oviedismo. La criatura se había acercado –creo que demasiado- a una fiesta de barra libre y sólo había podido beber el veneno multitudinario del fútbol, con el añadido amargo de la frustración, además. No sé si lloraba también, no la volví a ver.
Ni aunque la hubiera vuelto a ver entre la multitud hubiera podido reconocerla. Probablemente ni su propia madre podría a partir de aquel día de fiesta no celebrada. Fue un sábado 27 de junio; 2004, el año. Confío en que pueda perdonármelo algún día.
De todo eso tuve la percepción ya in situ, pero no fue algo fugaz. Se me quedó bien grabado como pude comprobar después, con la perspectiva del tiempo, cuando sufro, río y lloro la suerte de mis colores y algunas veces, pocas, me pregunto si merece la pena encadenarse así a un sentimiento colectivo con tan poca intervención efectiva por parte de quienes de verdad lo sentimos, meros figurantes vendidos en manos ajenas y a menudo insensibles. Se sufre tanto, se lloró tanto aquel día...
Día que recuerdo también por ser cuando conocí las lágrimas de Diego Cervero. Nada menos que Diego Cervero, nuestro nueve, nuestro emblema, oviedista desde la cuna, de largo el jugador más querido por la afición. Unas lágrimas que se me quedarían grabadas para siempre.
El contexto circunstancial lo explica en parte: el sueño había estado a punto pero los hados se lo llevaron lejos, cerrándole al Oviedo las puertas de los cielos asaltados aquella tarde. Una temporada con todo en contra como nadie nunca había tenido, unos registros de imbatibilidad y de puntuación estratosféricos pese a las mil dificultades vividas, los 17 córners a favor de ese partido por los sólo 2 en contra -como los goles-, el aliento y la ilusión de 22.000 personas y al final, Nada. Nos quedamos sin nada. A un solo gol del objetivo, tan sólo uno más.
Una culminación de heroicidades que no se dio, el premio definitivo que el azar nos hurtó hasta despojarnos con una crueldad absoluta. Así las cosas, es de entender que ninguno de nosotros estuviéramos para pensar demasiado en aquellos momentos. El mundo de la razón se había desvanecido y todo lo que había eran sensaciones; y ninguna agradable. En el invicto Carlos Tartiere el resultado del partido había caído sobre nosotros como un martillazo, dejándonos conmocionados, desplomándonos.
Recuerdo que yo permanecí a duras penas en pie sobre la grada, viendo el derrumbe fulminante de nuestros jugadores sobre el césped con el pitido final, la invasión-consolación de la afición inconsolable, caras conocidas y en muchos casos apreciadas desencajadas por la tensión soportada y la inmensa decepción vivida que ponía un broche injusto a una temporada épica, memorable.
Las escenas de dolor común lo llenaban todo, mirase donde mirase. Y todo lo veía acontecer como en una película, pero era una película real, por desgracia tan real que la estábamos viviendo en primera persona como protagonistas y damnificados principales. No éramos el Tom Hanks recién desembarcado en Normandía y abismado por el impacto de los combates en Salvar al soldado Ryan, pero la sensación se le parecía mucho. Pasaba la acción como si fuera ajena, pero estando uno a la vez allí, no resulta fácil de explicar.
Siendo y sintiéndolo como propio, pero presenciando algo que no parecía del todo real, como si sucediese en una dimensión flotante y ambigua, ralentizada e interactiva. Un intérprete de la psique tal vez hablaría del cerebro escudándose en algún mecanismo evasivo para poder soportar tan dolorosa desilusión, la mayor de todas, la única imaginable en aquellos momentos aciagos.
Pese a ello, conservaba aún yo cierta entereza, supongo que más producto del pasmo y del intento de no añadir más dolor en tan querido escenario que por fortaleza propia, derrumbada hacia dentro también en procesión desolada.
Hasta que vi llorar a Diego Cervero. Nunca ningunas lágrimas me habían impresionado tanto. Como cualquiera aficionado al fútbol he visto llorar a muchos futbolistas, pero nunca de esta manera. Ni Danjou ni Esteban en Mallorca, ni nuestra afición descendiendo ante el Salamanca, ni, por poner ejemplo exteriores, Cañizares o Khan al perder en el último suspiro sus finales Champions League.
Comparaciones científicas todas ellas, meros ejemplos analíticos, pues aquella vez fue distinto. Nunca antes había visto a nadie alzarse por el aire con sus propios brazos. Levantado en volandas por las manos amigas de quienes tantas veces había levantado él de sus asientos con su entrega exhaustiva y con sus goles, y entre aspavientos de desesperación, Diego se quería morir. Morir a hombros de los suyos, que pese a estar destrozados lo encumbraban por los aires como al icono oviedista por antonomasia que es. Como a uno de los suyos. Como a Uno de los Nuestros.
Más de una vez lo relaté y lo comenté con integrantes de otras aficiones volviendo al eterno balance de alegrías y decepciones inherentes al fútbol, pero ellos no lo vieron tan extraordinario. Y es que en verdad no lo vieron, pues allí no estuvieron.
Me decían que ese tipo de lágrimas eran todas iguales, que sólo me parecían distintas por tratarse de mi equipo y no de otro. Ya, pero mi equipo aquel día no lo formaba sólo Diego Cervero, lloraban todos; y sin embargo nadie lloraba como él.
Me dijeron que sólo parecían distintas porque lo estaba viendo en directo y no por televisión, y en directo ya se sabía que esas cosas impresionaban más. Sí, pero en directo lloró toda la plantilla, aunque nadie como él.
Me dijeron que sólo parecían distintas, que en realidad todos los oviedistas sintieron y lloraron por lo mismo. Sí, pero con ninguno empaticé tanto como con él al verlo llorar mi mismo dolor. Ninguno me recordó tanto que de verdad todo era real, que yo estaba allí y sentía lo mismo que todos.
Me dijeron que sólo parecían distintas porque el futbolista estaba más cerca de mí. Es posible. Pero cerca en ambos sentidos. Metido uno en otro, metido lo mismo en ambos; superpuestos por el sentimiento azul, equivalentes.
Así, tratando de hacerme entender, quizá entendí. A fuerza de analizar creí al menos encontrar una explicación. Ni Danjou ni Esteban, ni Cañizares ni Khan ni ningún otro que se sepa lloraron su decepción y la de los suyos habiendo firmado un contrato en blanco en una casa saqueada, ardiendo y en vías de demolición, quedándose además a cumplirlo, pasara lo que pasara. Ninguno se arriesgó a no cobrar nada única y exclusivamente por amor a unos colores. Ninguno que no fuera verdaderamente uno de los nuestros lloraría como cualquiera de nosotros.
Maestro, por favor, música de Wide Side Story. Dieee-go-Cer-veee-ro, lorolololó...
El nuestru himnu entama: "Ye Uviéu ciudá d’abolengu" pero teo pa mi qu’Uviéu tamién ye, y va ser siempres, Vetusta. Dende va munchu (¿dende siempre?) los uvieinos, en xeneral, davezu sentímonos "ciudadanos". Nos, nun somos aldeanos; nos, somos perimportantes: la mui noble, mui lleal, benemérita, invicta y heroica ciudá, márcanos dafechu.
Nestes dómines y con nestos antecendentes tampoco nun ye raro que’l carbayón fuere l’asturianu que menos falaba la llingua de nueso. Va muncho tiempu que yera perdifícil sentir falar n’asturianu n’Uviéu. Avergoñábanos, yera d’aldeanos.
Ye percuriosu que fuera'l llamentable fechu de la baxada del Real Uviéu a tercera un detonante pa camudar esta realidá: pal resurdir de la llingua de nueso n’Uviéu.
El fechu de que los medios de comunicación de la capital refugaren al Real Uviéu y los más d’ellos apostaren pol enxendro, fizo que los uvieistes nun pudiéremos sentir los alcuentros del nuestru equipo en direuto. Tuvo que ser una radio llibre y n’asturianu -Radio Sele- la qu’entamó, malpenes sin más medios qu’un teléfonu móvil, a tresmitir los partíos.
Y asina, los Uvieistes que nun podíamos dir cola riada azul polos barrizales d’Asturies, sentábamos los domingos delantre l’ordenador o la radio pa sentir el 106.5FM... pa sentir la única emisora que radiaba en direuto los partíos del Uviedín. Pero esta emisora falaba -fala- n’asturianu.
Gracies a esto, de poco a poco, los uvieinos fuimos perdiendo'l mieu y la vergoña de falar la llingua de nueso y davezu yera habitual, non el llenu na perrera, si non sentir a carbayones falando n’asturianu.
La baxada del Real Uviéu a los abismos del infiernu de la tercera foi'l resurdir del asturianu na Capital del Principáu.
Milagros de los efeutos collaterales.
Davezu préstame escribir na tercera persona, pero nesti casu nun puedo menos que facelo y por munches razones... ¡en primera!
El branu del 2003 pillónos a toos (y a toes) col pasu cambiáu. Tamién a los que teníemos más de 40 años de carné del Uviéu. Dempués de la baxada a 2ªB paecía que nada nun podía ser peor.
Nos malditos díes de les negociaciones pal pagu a los mercenarios que nos habíen baxao, taba yo de folgueta cola mio familia nel Oriente d’Asturies. Ellí cuasi que nun se sienten les radios d’equí: malpenes RNE y Onda Norte (atópense, eso sí, toes les de Cantabria) y tampoco nun había Interné. Por eso, les noticies que tenía yeren, na más, pela prensa d’Uviéu y siempres bien tarde. Cuando supi que nun diben a aceutar el cheque (...que si solidariu, que si mancomunáu...), callóseme'l cielu enriba l’alma... ¿Qué va pasar agora?
Les noticies, día a día, nun podíen ser peores. ¡Baxáronnos a 3ª! El treceno equipu na hestoria la lliga española... ¡na cuarta categoría! La fuga de xugadores xuveniles y del Vetusta. Los 6 puntos menos... Y, pa finar, la guinda: la maniobra del alcalde cola refundación dafechu del enxendro.
Tocóme volver pa dir otra vegada a trabayar. Yera finales d’agostu y nada nun taba ñidiu: ¿Vamos poder xugar na tercera? ¡nun hai perres ni pa pagar la inscripción de les fiches! Sin embargo lo primero que fici, eso sí, y na más llegar a Uviéu, fue dir a renovar el mi carné de sociu: mientres que’l mi Uviedín tuviere vivu, ¡yo nun diba abandonalo!
El domingu 31 d’agostu del 2003, a les 7 la tarde, entamó la competición: xugábamos -sí, ¡al fin podíemos xugar!-escontra’l Mosconia. Antes de les 6, comencé yo la mio lliturxa; les mesmes coses -los futboleros somos dalgo supersticiosos- que dende va años venía faciendo pa dir al Tartiere: bufanda, botellín d’agua... y marchar camín del campu.
Llegué bien ceo. Tábemos na más que 4 gatos. El campu víase descomanáu pal añu que díbamos sufrir. Salieron los guah.es -perguapos- a calentar. Nun conocía a nengún neñu (darréu diben munchos años qu'había dexao dir a ver al Vetusta), pero de xuro que yeren los meyores del mundu: yeren... ¡xugadores del Uviéu! Nes camisetes tampoco nun poníen el so nome. Diba costame conocelos nel campu.
Y fui pal mi asientu. Naide nun taba a la mi vera: mandrecha, manzorga, delantre y detrás, naide. Bien alloñe antoxábaseme’l tiempu nel que nun yéramos a movenos d’apretaos que tábamos.
LLegó la hora. Na megafonía del campu suena música: siento sonar una gaita. El son retraña nel estadiu cuasi vacíu. Pónenseme los pelos como escarpies.
La música sigue: ¡Ye'l nuestru himnu! (nunca nun había sentío esa versión con gaites). Súrdeme un nuedu nel gargüelu.
Y los azules salten al campu y tamién delles llárimes pruyen por saltar nos mios güeyos: entama’l supliciu nos barrizales.
Llueu, esi añu, hubo munches más vivencies. El rastriello aú nun yéramos quien a atender la riada de xente que diba comprar daqué, na más por dexar un migayu dineru pa la supervivencia del club. Armando. La manifestación y el partíu escontra l'enxendro. El barru. La ñeve nel Tartiere. Les tresmisiones de Radio Sele, col bomberu "corriendo pela blinga" y "esti muertu ta mui vivu". La riada azul... y les llárimes del final escontra l’Arteixo...
Pero too eso -y munchu más- ye otra hestoria y tendré de contala n’otra ocasión. Agora voi quedame na más col soníu d’una gaita, floréu al vientu. Unes notes que marquen l’entamu del renacer del uvieismu auténtico: el que ñaz del corazón y surde renovao dende lo fonderu del alma, un alma azul, que nunca nun consiente usurpaciones y que ni escaez, ni perdona; l’uvieismu del Espíritu del 2003.
Como olvidarse de aquellos momentos tan especiales que rodearon las vivencias de quien, como yo, no abandonó al Oviedo a una suerte incierta a manos de un alcalde que pensaba que nadie iba a levantar la voz con su pretensión de hacernos desaparecer.
Mi relato comienza en unos momentos muy tristes para mi, pero que al mismo tiempo afianzaron de una manera increíble mis credenciales indiscutiblemente azules desde que era pequeñita y mi padre se encargó de hacerme comprender que ser azul era más un privilegio que otra cosa.
Era un partido distinto, se jugaba contra el Pumarín, lo que hacía que muchos oviedistas tuvieran el corazón partido porque no dejaba de ser otro de los equipos emblemáticos de la ciudad de Oviedo.
Pero la realidad era que se había convertido en un emotivo homenaje a un oviedista total que nos había abandonado tan solo unos días antes de ese partido.
Recuerdo como si fuera hoy la llamada de Vili para decirme que estábamos invitados al Palco del Tartiere, nosotros y quien quisiéramos llevar de nuestra familia, porque iba a ser la manera de que el equipo homenajease a uno de sus aficionados más fieles y mas sinceros.
Me vienen a la cabeza cantidad de imágenes de aquel día, un día triste porque por primera vez iba a estar en el Palco del equipo de mi alma y al mismo tiempo iba a hacerlo sin la persona a la que mas ilusión le hubiera hecho estar allí en aquellos mismos instantes.
Me fui para el campo rodeada de todas las personas que tenían la misma pena que yo pero que además de acompañarme buscaban también ofrecer su especial homenaje a Rubén, que sin duda lo merecía por su fidelidad y porque su silla de ruedas mostraba muy claramente a quien apoyaba sin duda y a quien rechazaba de una manera taxativa y recalcitrante.
Nunca olvidaré mi llegada al palco, y tampoco olvidaré a mis chicos de los Symmachiari, justo por delante de donde se ponen una pancarta enorme rezaba un... "RUBEN ETERNO OVIEDISTA D.E.P."
Mis lágrimas de agradecimiento hicieron que el presidente del Pumarín averiguase cual era la causa de mis lágrimas a lo que le expliqué que mi hijo había fallecido hacía pocas fechas y que mi visita al palco era una especie de homenaje a su persona.
Le pedí disculpas si celebraba los goles que pudiéramos meter, porque todos y cada uno de ellos iban dedicados a una única persona ese día, dijo que lo comprendía y que no se sentiría ofendido en absoluto.
Y es algo que no olvidaré nunca, ni siquiera sé si el presidente sigue siendo la misma persona que era, pero recuerdo perfectamente que en el primer gol que marcamos él se levantó al mismo tiempo que nosotros indicando el cielo para dedicarle un gol a un oviedista cuando ellos se jugaban muchísimo más que nosotros en aquel choque.
Hay cosas que se te quedan grabadas mas en el corazón que en la cabeza, y se que ese primero gol de entonces es una de esas cosas.
Cuando el primer tiempo llegó a su fin, Manolo (el presi) y Paul (como capitán) me ofrecieron una camiseta firmada por el equipo al completo para tenerla como recuerdo en memoria de mi hijo.
Esa camiseta está en un lugar privilegiado de mi casa, rodeada de momentos azules de esos que espero poder repetir a no tardar.
Me sentí arropada por la gente que formaba parte de mi entorno mas directo, gente que me fue demostrando con el paso de las semanas que era posible seguir yendo al fútbol sin él, que su bufanda al lado de la mía nos iba dando puntos y más puntos para conseguir el ansiado sueño de quien ya no estaba, fuimos dedicando todos y cada uno de los goles de esa segunda vuelta, esperando que al final de la temporada la tan ansiada subida de categoría se hiciera posible.
Pero al final de la temporada no pudo ser, nos quedamos a las puertas rodeados de miles de oviedistas que llorábamos lágrimas de rabia y de angustia por no poder lograr los objetivos que parecían tan cercanos.
Pero para nosotros eso importaba menos que cualquier otra cosa, sabíamos a ciencia cierta que el espíritu del 2003 no nos abandonaría nunca y que nuestra lucha sería permanente pesara a quien pesara.
Viví una intensa primera vuelta de aquella temporada, sin faltar a un solo partido, sin importar el tiempo que hacía ni la lluvia, nos habíamos hecho con bufanda, gorro, manta, chubasquero… evidentemente todo azul real Oviedo.
Nos hicimos famosos en nuestra esquina del corner, muy cerca de los Symmachiarii porque Rubén no quería irse con su silla de ruedas al espacio que habían habilitado para ellos, el se sabía todas las canciones de la peña, y cantaba como nadie aquel famoso “Gabino jodete” que cantábamos de pie con cada gol a favor, que para nosotros era como un tortazo en la cara de quien había querido anularnos con su singular manera de intentar nuestra desaparición.
Cada partido de aquella primera vuelta se convertía en una fiesta, equipo invicto, el grandísimo Rafa Ponzo con sus espectaculares paradas, el gran Jandro corriendo aquella banda como un poseído, Jon Carrera (a quien Rubén adoraba desde su andadura por el UNI) con su habilidad única para lanzar aquellas magnificas faltas cerca del área pequeña, y Dario, casi al final y que fue uno de los jugadores más espectaculares que yo he visto y al que la suerte no acompañó lo suficiente para convertirlo en un autentico crack.
Y que decir de Diego, era genial ver la cara del muchacho cada vez que Cervero hacía una de las suyas y marcaba un gol imposible, casi no podía moverse pero solo con las manos le hacia reverencias como veía que hacían los de la peña detrás de la portería del fondo Sur, nuestro fondo sur, el que sigue siendo nuestro lugar casi 4 años después.
Rubén sigue siendo socio del Oviedo, igual que lo sigo siendo yo y lo continua siendo su hermana, porque no importa el tiempo que haga que se ha ido, su espíritu azul no va a irse nunca porque las sensaciones de aquella temporada perdurarán en el recuerdo de todos los que no abandonamos al Oviedo en tercera y él aunque no esté presente entre nosotros tampoco lo ha hecho.
Hago mención especial a Armando, que también nos dejó en plena temporada, un palo difícil de superar y que puso lágrimas en nuestros ojos durante toda la temporada, los "Armando te quiere la gente del Tartiere" siguen vivos en mi memoria, más que nada porque muy poco después de llorar por él tuve que llorar por otra alma azul, la de mi hijo, y yo creo que ese hecho me ayudó porque me empeñe en creer que ahora estarían juntos y que tal vez desde el otro lado nos pudieran echar una manita, y aunque al final la suerte no nos acompañó se que tuvieron algo que ver con la temporada siguiente y con que el objetivo se cumpliera aunque fuera un poquito más tarde de lo esperado.
Podría recordar también miles de momentos especiales de ese año, uno en particular fue ver el partido contra el Oviedo Astur desde nuestro propio campo cantando los goles como nunca y disfrutando cada momento.
Recuerdo perfectamente lo que disfrutamos en el de ida, el campo lleno como en nuestros mejores tiempos, cantando todos juntos sin parar, celebrando cada pase, cada jugada, era como jugar en primera, el mismo ambiente, las mismas sensaciones, la manifestación a la que acudimos en su cola para no ir tan agobiados, y aquel letrero azul que mi hijo lucia en su silla de ruedas eléctrica (evidentemente AZUL)... "NO AL OVIEDO-ASTUR".
Y como colofón de estas vivencias aquel partido contra nuestros "hermanos" del Uni, en el que nos convertimos en campeones y que celebré entre lágrimas, mientras el presi (Manuel Lafuente, al que tengo un cariño especial) me abrazaba y me decía que tranquila, porque Rubén lo estaba disfrutando tanto como todos nosotros desde donde quiera que estuviera.
Y desde aquí, cuando se van a cumplir cuatro años de su ausencia, homenajeo tanto a mi hijo como a Armando, almas azules que nos acompañan a pesar de estar ausentes, y que estarán siempre vivos en la memoria de los oviedistas que, como yo, creen firmemente en que cualquier día retornaremos al lugar que nos corresponde como equipo y como afición fiel.
No puedo por menos que dejar como mensaje final la canción que siempre cantábamos entonces y que algún día nos situará en la división que merecemos... "Volveremos, volveremos, volveremos otra vez, volveremos a primera, volveremos otra vez"...
Porque sabemos que estuviste con nosotros en el año que empezó todo; porque queremos conocer y compartir lo que significó aquello para los oviedistas; porque no queremos que algo así acabe cayendo en el olvido; porque los que lo vivimos sabemos que fue tan especial que merece ser compartido con los demás; porque no abandonaste al Real Oviedo en su peor momento; porque tú representas a la perfección el espíritu 2.003.
La Asociación de Oviedistas Espíritu 2003 convoca un certamen literario de relatos cortos que expresen el sentimiento de los aficionados del Real Oviedo en la temporada 2003-04 con las siguientes
1.- Podrá participar en el concurso cualquier persona, sea o no miembro de la Asociación, con un máximo de tres relatos por persona.
2.- Los relatos han de ser originales e inéditos y podrán que estar escritos en castellano o en llingua asturiana.
3.- La extensión máxima de cada relato será de 10 páginas tamaño DIN A4, mecanografiadas con tipo de letra Arial de 12 puntos, doble espacio y márgenes de 2.5cm.
4.- El tema de cada relato a concurso será necesariamente las vivencias de un oviedista en el año 2.003-2.004, pudiendo centrarse en el aspecto que cada uno desee compartir (vivencias personales, capítulos especiales para el oviedismo, acontecimientos históricos, la marcha deportiva del equipo, anécdotas...).
5.- Los trabajos se presentarán en formato digital (pdf o doc), bien por correo electrónico a la dirección de la Asociación (espiritu2003@gmail.com) bien en un disquete, CD o similar (que no se devolverá) que podrá entregarse en la mesa que la Asociación pone en el Tartiere los días de partido del Real Oviedo o remitirse por correo certificado al Apartado de Correos n.º 5.108 (33080 - Oviedo).
6.- Cada relato deberá llevar un título identificativo e ir firmado con los siguientes datos del autor: nombre completo, DNI, edad, un teléfono de contacto y una dirección electrónica.
7.- El plazo de límite de presentación de trabajos será el día 29/2/2008.
8.- Se establecen los siguientes premios: un primer premio consistente en una cena para dos personas en un restaurante ovetense y un máximo de 3 accesits consistentes en una camiseta firmada de un jugador del Real Oviedo. Los premios podrán ser declarados desiertos.
9.- Los participantes en el concurso ceden expresamente los derechos de autor de sus relatos a la Asociación de Oviedistas Espíritu 2003, que podrá reproducirlos en sus publicaciones, físicas o virtuales, si así le parece oportuno, cuantas veces sea necesario.
10.- Los relatos se irán publicando, según orden de llegada, en la página web de la Asociación (www.espiritu2003.com), sin los datos de identificación de sus autores, para exponerlos a votación popular. A tal efecto se habilitará el soporte necesario para que todas aquellas personas que deseen valorar cada relato puedan hacerlo.
11.- Entre las opciones más valoradas por el público, el jurado del concurso tomará la decisión final. Dicho jurado se hará público en el Acta de concesión del premio, siendo el encargado de redactarla el secretario del mismo que será el de la Asociación de Oviedistas Espíritu 2003.
12.- La publicación de los premios concedidos se llevará a cabo el día 26/3/2008.
La participación en el concurso supone la aceptación de estas bases.
