Asociación de Oviedistas Espíritu 2003 - Relatos

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miércoles, 06 de febrero de 2008


Una voladura a traición, un cerco infernal.
Tragedia y grandeza.
Un fulgor de vida
contra la condena que todo lo extinguiría
Un batir de alas, vuelo de regreso y
resurgimiento.
Un despegue del barro.
Un retorno de fuego.




Agosto de 2003. Era verano, pero parecía el peor de los inviernos; diríase que la edad de hielo para el oviedismo, anunciada con el fragor de mil tormentas por agoreros impudentes. Ataque tras ataque, iban minándonos la moral con funestos vaticinios de glaciación y extinción. Ése era nuestro principal temor, el perder para siempre lo que tanto queríamos: nuestro Real Oviedo. Sufríamos una batería de cacicadas, rumores, mentiras, dudas, falsas promesas y algunas deserciones. Se boicoteaba cualquier ayuda al Real Oviedo con una intensiva campaña de guerra orquestada por el propio gobierno municipal que nos sometía a un bombardeo sin precedentes. Llovía un fuego cruzado de intereses que a los aficionados se nos escapaban y que nos mantenían atrapados en medio, aferrados a nuestro sentimiento oviedista. Golpeaban sin tregua ni piedad, torpedeando cuanto pudiera quedar a flote de un equipo de élite tras la bancarrota y el caos en que lo sumieran la anterior directiva y la fatalidad. Los centenares de fieles que nos íbamos concitando en el nuevo Carlos Tartiere aquella tarde aún vacacional no dábamos crédito a todo lo que sucedía a nuestro alrededor. Parecía una pesadilla, pero era real. Éramos como proscritos, de la autoridad y el destino fatal; declarados en rebelión ante las amenazas de clausura y desalojo de nuestro nuevo estadio, de suplantación y extinción entre decretos de muerte lanzados desde el poder contra nuestro queridísimo equipo. Muerte decretada para nuestro sentimiento azul, orgullo y estigma. Pues bien, si nuestro destino era aguantar y morir, no se cedería ni por un momento; ni un atisbo de duda en la defensa final de nuestro Real Oviedo, con su escudo por toda arma y bandera. Ese mismo verano, en reuniones de emergencia sobre las gradas del Tartiere, el presidente de circunstancias nos había dicho que tendríamos que ir todos y llevar más gente cada uno de nosotros, hacer todos los nuevos socios posibles, porque cuantos más fuésemos más difícil sería desalojarnos y liquidarnos. Fueron asambleas espontáneas prolongadas hasta anocheceres sin luz eléctrica. Sin suministros, sin tregua; pero con determinación. Tocaron a rebato y allí estábamos, donde siempre habíamos estado: junto a nuestro equipo. Lo teníamos bien claro. Nunca antes había estado tan claro dónde estaba la verdad y dónde el espejismo, la mixtificación, la ilusión nada ilusionante, sólo óptica, y a sueldo como los simples matones. Si había que desaparecer tras la interminable caída sufrida, que fuese de pie, luchando hasta el último aliento con nuestros colores bien definidos y honrados. Tan fácil como innegociable. Puro amor con orgullo, valor y garra. No lo parecieron entender ni encajar los medios del bloqueo mediático casi en bloque, que salvo contadas excepciones seguían con su cruzada de humo y remate ventajista. No contentos con el descenso federativo -inmediato al deportivo- y los embargos padecidos y por padecer, jerifaltes implacables nos habían sancionado con -6 puntos de inicio por el impago del pase de algún mercenario extranjero. Muchos contratiempos parecían para un equipo en cuadro y agonizante tras la desbandada de la mayoría de sus jugadores aprovechando la impunidad del derrumbe, la caída y la ruina. El desmantelamiento de las categorías inferiores nos había dejado sin repuestos y por aquel inmenso agujero se nos iba también parte de la masa social, los embaucados por el similor para ello engendrado o simplemente los menos llamados al heroísmo y el sufrimiento constantes. Estábamos abandonados a nuestra suerte infortunada y así nos sentíamos. Hasta teníamos que ver como algunos de los símbolos oviedistas renegaban de su pasado o lo traicionaban de facto a cambio de las monedas de Judas en sucesivos actos de propaganda. La sangría no parecía tener fin. El acoso y derribo, tampoco. Se mirase como se mirase, la situación era absolutamente crítica; pero entregarse, jamás. La única entrega posible, la del corazón, sería a la causa azul oviedista de siempre. Antes muertos que perder la vida. Era, también, una cuestión de honor.

Quizá penáramos en trance de muerte por aquel purgatorio exclusivo, pero pese a todo ahí estábamos unos pocos miles de locos insumisos, resueltos a resistir entre escombros cayera quien cayera. Habíamos ido llegando cariacontecidos al Tartiere, en un goteo casi fúnebre; pero llegábamos. Ni la dispersión estival ni el ruido de sables lo habían podido impedir. Incluso había largas colas de aficionados renovando el abono, en muchos casos aprontando el dinero de todo el año por adelantado y en mano para sortear embargos, aunque todo se fuese al infierno definitivo y hubiéramos podido pagar por algo en breve inexistente. O que tal vez –no podíamos saberlo entonces- lo fuera ya aquel mismo día, y tal y como graznaban a los cuatro vientos los profetas de alquiler no llegáramos siquiera a empezar la temporada, a jugar aquel partido marcado por la Historia. No las teníamos todas con nosotros, la propaganda enemiga había calado hondo y penetrado nuestras defensas. Pero no nuestra voluntad de supervivencia. Por eso estábamos allí. Por eso pudimos presenciarlo.

Y como por magia, sucedió. No parecía megafonía, fue casi sobrenatural. Un envolvente fondo de gaitas nos atrajo hacia sí para estremecernos los corazones, preludiando nuestro himno, introduciéndolo por sorpresa junto con una expectación lejos de cualquier límite. La incertidumbre murió unas notas más allá, cuando renacimos todos.

Y entonces salieron.
De la tumba, salieron.
Del quinto infierno, salieron.
Del abismo, salieron.
Once futbolistas, muy jóvenes en su mayoría, salieron con nuestros colores, entre los nuevos arreglos de acompañamiento del himno y a través de nuestras lágrimas, que también salieron, emocionadas, abundantes, azules como nunca. A despecho de los que mandaban, de los enterradores, dando fe de vida salieron. Salimos. Salió nuestro oviedismo, más reafirmado y fuerte que nunca. Teníamos pulso.

Los jugadores eran desconocidos, dorsales sin nombre, tan sólo numerados espartanamente. Pero al salir al campo nos habían llegado al alma con una emotividad fuera de toda explicación posible. Todos ellos habían arriesgado también quedándose o firmando su llegada, iban a competir en medio de la tempestad y la guerra. Eran ya héroes. La categoría era desconocida también, al igual que el inédito rival, el Mosconia de Grao. El fútbol era amateur; la situación, dramática. Pero se estaba jugando al fútbol y eso sólo puede hacerse existiendo. En la grada se aplaudía cualquier fallo que los jugadores cometieran en el terreno de juego, la comunión era total, como el compacto repliegue en torno a nuestro escudo. Se vivía una auténtica unión de bombardeo, el todos juntos y a una de las situaciones límite. Destacó el número 11, un habilidoso extremo zurdo con el pelo largo que luego nos grabaría para siempre su nombre en la memoria colectiva oviedista: Armando Barbón, y también el lateral derecho, Kily González, resaltado por el color oscuro de su piel y por el gol del triunfo, ya casi al final, y en medio de un desborde de alegría inimaginable en los angustiosos prolegómenos del partido. Un gol, mucho más que eso: estábamos vivos, definitivamente vivos. Compitieron y vencieron, vencimos todos los presentes y muchos más que no estaban. Por fin una alegría en aquellos días turbulentos como noches de rayos y truenos. Algo que habría de quedar para siempre en la memoria emocional de quienes pudimos vivirlo.

Fue, es nuestra fatalidad y nuestro privilegio. ¿Que quién soy yo? Alguien que estuvo presente, y por tanto, sólo con eso ya, un ser capaz de no olvidarlo. Como cuantos allí nos juntamos aquel día, último de agosto del año 2003.


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