Asociación de Oviedistas Espíritu 2003 - Relatos

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domingo, 24 de febrero de 2008


Las largas escaleras parecían convertirse en interminables, como en esos sueños en los que quieres correr o escapar de algo que te persigue, pero no eres capaz de moverte paralizado vete tú a saber por que fuerza extraña .Durante todo el trayecto hasta el campo no dejaba de pensar una y otra vez en todos los avatares que habíamos pasado en los últimos tiempos; unos nos dejaron moribundos en medio del camino y otros intentaron aplicarnos la sedación, según nos decían, para que el enfermo no sufriese. Pero nada dio resultado y allí seguíamos con mucha más fuerza, moral, intensidad, orgullo y hasta ilusión que años atrás en categorías superiores.

Todo era rutina y nada parecía diferente a otros domingos ese año; llegar al campo, sentir ese cosquilleo al pasar el torno y encaminarme a la grada buscando desde lejos con la mirada el asiento sucio y que daba la impresión de llevar allí cientos de años por el aspecto que presentaba.

Una vez sentado continuaba con esa liturgia que se repetía de forma inconsciente cada quince días: miraba a la gente de mi alrededor, caras conocidas, pero gente desconocidas que cada una de ellas tendría una historia de amor a unos colores parecida a la mía. Luego levantaba la mirada para ver la grandiosidad del estadio y fijarme en los que yo llamaba los solitarios, por la costumbre de colocarse en lo más alto de la grada lo más alejados posible del resto de aficionados; como si su timidez les impidiese compartir con los demás sus anhelos, deseos y miedos.

Ya quedaba muy pocos minutos para que el himno sonase y los jugadores saliesen al campo, cuando algo me llamó la atención: Un niño de unos 8 quizás 9 años pasó ante mí seguido de alguien que entendí sería su padre. El niño iba vestido con la camiseta y el pantalón del R. Oviedo; eso sí; todo le quedaba enorme, como en aquella película, de la que no recuerdo el nombre, en que un niño se convierte en adulto de la noche a la mañana y del mismo modo y por arte de magia vuelve a ser un chavalin al final de la peli, pero con las ropas aún puestas de persona adulta, dándole un toque cómico a la situación. Eso me recordó en ese instante todo aquello.

El niño, que llevaba en su mano derecha una bandera azul y blanca; la cual debió fabricarse él mismo, ya que no dejaba de ser un palo más o menos recto con un trozo de tela enrollado en el mismo, miraba con los ojos muy abiertos y expresión de incredulidad todo lo que le rodeaba; los ojos le brillaban y una sonrisa perpetua dominaba su cara. Imaginé que esa era la primera vez que acudía al campo y eso me hizo también recordar los sentimientos que recorrieron mi cuerpo muchos años atrás en esa misma situación. Su padre le iba diciendo quien era cada jugador y el dorsal que llevaban a la espalda y él prestaba atención a todas las palabras que salían de la boca de éste como quien escucha un cuento de hadas por primera vez y piensa a pie juntillas que lo que le narran le puede pasar a él en cualquier momento.

El partido en sí no era muy entretenido, pero se hizo mucho más ameno por todo lo que ocurría en el asiento 143, que es donde estaba este aficionado tan especial. Al acabar los noventa minutos y tras treinta o cuarenta preguntas referentes al desarrollo del juego, al estadio, al marcador y vete tú a saber que más, una frase me llegó muy dentro y se me quedó grabada: cuando subían las escaleras de la grada, Miguel, que así se llamaba el niño, dijo: jolín, que guapo ye todo esto!!! Sólo por escuchar eso me sentí reconfortado y me fui para mi casa con una sensación muy especial y es que ahora parecía que todo tenía sentido.

 

Momentos y situaciones y diálogos como estos se repitieron cada 15 días durante toda esa temporada y ese uniforme tan enorme con esos pantalones que casi le llegaban a los tobillos se convirtieron en habituales. Claro está, que se aprendió de memoria los nombres de todos y cada uno de los jugadores de la plantilla e incluso los llamaba y saludaba desde su asiento como queriendo que lo escuchasen, que lo oyesen y supiesen que él también formaba parte de la familia azul; se sentía de alguna manera unido a los héroes del campo y creo que incluso se consideraba uno de ellos en sus sueños más profundos y bonitos.

 Ya han pasado varios años (como pasa el tiempo siempre me digo) desde aquellos momentos; algunas cosas han cambiado y otras por desgracia siguen igual o peor, pero ahí seguimos domingo a domingo detrás de unos colores que para nosotros son sentimiento y nos llenan de orgullo e ilusión.

 Ya casi termino esta historia que no ha necesitado mucho tiempo, la verdad; ya que con dejar que los recuerdos fluyan sin que nada los interrumpa, todo es más sencillo.

 ¿Me preguntáis por Miguel? ¡¡Ufff!! La verdad es que después aquel año en el mismo sitio nunca más volví a verlo; su padre sigue allí rodeado de adultos y según me cuentan la zona está más apagada y es que él ya no está! ! Seguramente habrá crecido y preferirá estar con amigos de su edad que con el “coñazo” de su padre (posiblemente esto piense ahora de quien le llevó por primera vez al campo, pero este pensamiento también es pasajero ¿eh? Y es que en la vida se pasa por muchas etapas y él andará ahora por esa). Muchas veces me pregunto si seguirá yendo al campo y mi respuesta contundente es ¡¡ SÍ !!

 Que ¿por qué? Pues, porque, si Miguel no siguiese acudiendo a su cita cada quince días ahora el R. Oviedo no seguiría saltando al campo a jugar, porque si Miguel no siguiese con aquel brillo en sus ojos, su equipo estaría muerto y es que estoy seguro que en alguna parte del estadio , no se exactamente donde, allí estará; no ya con su camiseta enorme ni con la bandera que él mismo se fabricó, pero sí con la misma ilusión y ganas de ver cumplido un sueño. ¿Cual? Ya me preguntais demasiado y no sabría daros una respuesta ,pero seguro que muy parecido al mío y al vuestro. ¿Y sabeis lo mejor? Que cuando estoy algo desanimado o triste, cuando parece que esta situación no tiene salida, a veces, y sin que nadie me vea aún me siento unos minutos detrás de aquel número 143 y si cierro los ojos y voy hacia atrás con mi mente puedo ver y escuchar aquello voz de niño decir: ¡¡ jolín, que guapo ye todo esto!!

 FIN



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