El cielo estaba gris y llovía sin parar. Era el típico día de nuestra tierra, con el “orbayu”, orgullo de nuestra naturaleza verde y nuestros campos -nunca mejor dicho- creando unas condiciones peculiares para el fútbol. Pero como dicen los futboleros que se precian de ello, ¡no importa! Para jugar da lo mismo, y en nuestra Asturias es como si nos bendijesen desde el cielo (que por cierto, falta nos hacía).
Estábamos de vacaciones pasando unos días en Asturias, en nuestro Oviedo, buscando la carga de energía que necesitábamos para seguir con nuestros quehaceres cotidianos. ¡Cuanto se añora la tierra cuando se vive fuera de ella!
En fin, a lo que nos ocupa: mi hijo ese día se levantó como siempre, alegre y dicharachero, y aquel día más contento todavía, pues sabía que por la tarde nos iríamos toda la familia a ver jugar al REAL OVIEDO. Además su tío le había prometido que iba a sacarse una foto con todo el equipo y también con su ídolo… “Mamá, mamá, ¿puedo ya vestirme del Oviedo?” ¡Quien le dice que no! Su habitación está pintada de AZUL, con todos los pósters de las distintas temporadas por las paredes, su ropa preferida es el traje del R. Oviedo, sus camisetas tienen que ser AZULES, sus calcetines, sus pantalones, su mochila… y como no, sus ideales.
De repente me mira y me dice: “mamá, hoy he tenido un sueño, y era un sueño muy bonito; iba vestido como voy ahora y yo era mayor y corría y corría por un campo de fútbol con el balón en mis pies y cuando llegaba cerca del portero le driblaba y le metía un gol, la gente me aplaudía y yo les aplaudía a ellos. El día era precioso, hacia mucho sol y el cielo era AZUL, mamá, y jugábamos con equipos muy importantes. ¿Por qué ahora los mayores de mi equipo no juegan también con ellos?”. Mira hijo, le contesté, porque estamos en otra categoría. “¿Qué es eso?” me dijo. Y quise explicárselo de la manera que un niño pueda entenderlo y como mi padre oviedista de toda la vida me enseñó:
Una vez hubo un equipo que con ORGULLO, VALOR y GARRA se enfrentaba a todos los desafíos futbolísticos con gran entusiasmo y dedicación, a la vez que la afición les animaba sin condiciones, siendo el motor que les impulsaba. Era un tándem perfecto, una coordinación sin igual, pero por historias de “mayores”, por intereses que no vas a entender, se empezaron a echar por tierra todos esos años en los que nuestra ciudad tenía un equipo de primera, y ya no sólo por la categoría, sino porque era un honor pasear nuestro fútbol por todos los estadios de España y que nos viniesen a visitar equipos emblemáticos, fuertes y luchadores. Y a muchos de ellos les dábamos lecciones de buen juego y sobre todo, lo más importante, de honestidad y buen hacer, pues como tú ya sabes, lo más importante no es ganar sino participar. Que sepas que nuestra afición se llevó un premio por saber entender que unas veces se pierde y otras se gana, porque lo que importa es estar ahí intentando hacer un juego bueno y limpio.
Pero hijo, en nuestra historia deportiva hay un día muy, muy triste, que es el 1 de agosto del año 2003. De estar jugando con los “grandes” nos hemos ido a jugar con equipos más modestos, y esto no es lo que importa, sino que a esto nos han llevado unos intereses de personas que no sienten EL OVIEDO, que no sienten los colores. “Mamá, ¿no les gusta el color AZUL?” preguntó.
No supe qué contestarle… y después de una pausa me miró y me volvió a preguntar: “Mami, ¿por qué ahora me conoce tanta gente y yo conozco también a muchos y los jugadores se paran a jugar conmigo?”.
Esa pregunta me dejó muy pensativa; es cierto, me dije a mi misma. Ya con la mente más madura mi reflexión interior fue: No hay mal que por bien no venga. Si no es por esto, a lo mejor no me hubiese hecho de una peña y quizás a mis hijos no les hubiese inculcado tanto el sentir AZUL, pues ya sabemos que las calamidades unen. Luchamos muchas veces sabiendo que poco se va a conseguir, pero que si se saca algo de provecho ¡cómo compensan dichos sinsabores! En fin, que no habríamos conocido a tanta gente maravillosa y seguro que no estaría escribiendo este relato, pues no habría surgido este “ESPIRITU 2003”.
Pero no vamos a ser derrotistas, no nos vayamos a dejar llevar por la pena. Tenemos, como alguien dijo, que salir del fango, de los barrizales; surgir como el ave fénix. Y por eso necesitamos ahora, que estamos unidos y compenetrados, no perder esta ilusión, no dejarnos llevar porque estos tiempos no son lo buenos que quisiéramos.
Tenemos que seguir luchando, que nuestros hijos vean que no nos rendimos, que tenemos que subir, como dice mi hijo, de categoría y jugar con “grandes”, pues así es el fútbol, no sólo para no quedar anquilosados sino para demostrar que somos un equipo de primera en todos los sentidos, que somos, como dice el pequeñajo, AZULES, que a nuestro Oviedo no le abandonamos ni le abandonaremos nunca, que tenemos espíritu de lucha sin cuartel, pues ese año 2003, cuando nos movilizamos, si no éramos muchos éramos suficientes, pues como se dice, quedan los mejores y vamos a saber canalizar nuestro esfuerzo para que, después de estos años de oscuridad, salgamos con luz cegadora… y AZUL.
“Mamá, mamá, que ya es la hora de marchar; acuérdate de mi bandera, de mi bufanda y de mi gorro AZUL. Creo que hoy vamos a ganar y yo voy a animar a mi equipo, porque el sueño que he tenido va a hacerse realidad, ¿a que sí mami?”.
Cuando íbamos para el campo con su atuendo AZUL, el cielo empezó a despejarse, dejó de llover y se empezó a vislumbrar un cielo AZUL y además, de un color intenso. Llegamos al campo, nos fuimos a donde estaban los jugadores, mi hijo sacó fotos con ellos y, en un despiste, cogió un balón, corrió y corrió, dribló al portero y sonó un GOOOOOOOL estruendoso en todo el campo. Mi hijo era mayor, jugaba con su equipo de primera división, el REAL OVIEDO, el marcador anunció la victoria y el cielo era AZUL.
